Empezaba a echar de menos, algo, pero no era algo, era un lugar. Hacía prácticamente meses que no había puesto un pie en mi casa, así que decidí ir a echar un vistazo, no sin antes dejarle una nota en la nevera para que no se preocupara. Cogí las llaves, y salí de su casa.
Iba a paso ligero pero tampoco con muchas prisas, sólo pretendía dar una vuelta y limpiar un poco.
Metí la llave en la cerradura y con cierta melancolía, giré la llave y empujé suavemente con el hombro.
El piso plasmaba la misma sensación de siempre, las paredes inertes, los muebles descansando en las baldosas, los murales de mi grupo favorito colgaban por todos los sitios, hasta en la cocina había algunos, pero fui directa a mi habitación. Conforme iba avanzando un sentimiento de desesperación por llegar y verla como siempre se apoderaba de mí, crucé el pasillo casi volando y abrí la puerta de golpe.
Todo estaba igual que siempre, desordenado, aunque yo sabía donde estaba cada cosa, en el escritorio una espesa capa de polvo bañaba todos los apuntes, algún que otro garabato y libros que había dejado la noche de antes, antes de ir a su casa.
Abrí el armario, estaba prácticamente vacío, la mayoría de la ropa estaba en una maleta, metí la cabeza un poco más adentro, sí, olía al suavizante de cuando era pequeña, me recordaba esos días en los que a veces sólo abría el armario para oler el aroma que desprendía la ropa colgada en perchas. Me recordaba ese tiempo donde aunque creía que estaba sola, tenía un respaldo donde apoyarme. Sin darme cuenta, inconscientemente una lágrima se dejaba caer sobre las mejillas, me retorcía el estómago recordar mi infancia, donde cada día me iba a dormir con una sonrisa en la cara de oreja a oreja, cuando mi única preocupación era que no se me olvidara ver mi serie preferida, o llamar a mi hermana si se iba de viaje.
Me senté en la cama, y dejé que la vaga esencia de mis sueños perdidos y los recuerdos infantiles me comieran por dentro hasta que la realidad dejase de existir para mí.
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