A mitad de camino se detuvo en seco y me miró, petrificada como una piedra, ojiplática y temblando como una hoja.
-¿Qué pasa? ¿Estás bien?- le dije. Apenas pronunció un sí lacónico y tartamudeando, me cojió de la mano y casi corriendo, rehicimos el camino de vuelta a casa. -¿Pero qué pasa?- musité, no se descalzó, ni se cambió de ropa al llegar a casa, fue directa al sofá , se dejó caer a plomo y cerró los ojos apretando los párpados. Tardé muy poco en comprender qué pasaba, otra vez, había vuelto a caer, ahora sólo cabía esperar que no pasara nada, que fuese fuerte y capaz de controlarlo ella sola. Las lágrimas caían detrás de otras, y con un leve y ahogado suspiro se derrumbó en el cabezal del sofá.
Me quedé quieta, paralizada, inmóvil, no era capaz de reconstruir todo aquello de nuevo, mi mente no podía. Le traje un vaso de agua, lo dejé en la mesa de centro y me fui a la habitación, cerré la puerta, puse la música lo más alta que pude y dejé que la almohada fuera testigo mudo de todo y cada uno de los sucesos que pasaban, me acurruqué y me olvidé de mí, de ella, de la música, de todo.
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